Cuando el gobierno de Italia decretó las primeras medidas de confinamiento en el norte del país, a finales de febrero y principios de marzo, Venecia se vació. El carnaval se había cancelado. Los turistas habían huído. Sus calles, siempre bulliciosas, se convirtieron en desiertos.
Italia, en su conjunto y en apenas dos semanas de confinamiento con una perdida de unos €7.500 millones. La ciudad entró su temporada alta cerrada. Una bendición para sus (cada vez menos) habitantes, pero un problema para una economía orientada exclusivamente al turismo (20 millones de visitas anuales, más de €3.300 millones).
En Venecia, casi todo el mundo depende del turismo, con más de 25.000 empleos directos. Incluso aquellas profesiones independientes, como los abogados o los contables, ofrecen sus servicios al sector. Los turistas son un incordio, pero llenan religiosamente los más de 8.400 apartamentos ofertados en Airbnb, al nada módico precio de 137€ la noche. Quienes más tienen que ganar son también quienes más tienen que perder. En Barcelona. Similares dilemas afronta Barcelona. A 30 de junio sólo había 37 hoteles abiertos en la ciudad, con el 10% de las plazas ocupadas. La oportunidad ha permitido a los «barceloneses» reconciliarse con el patrimonio de su ciudad. Es «un sueño», explican vecinos y organizaciones a El Diario. «La epidemia nos ha dado la razón a los vecinos que nos oponemos a que haya más turismo, porque ha demostrado que sin ellos ocupamos las calles que nos quitaron», argumenta uno. Pero el equilibrio es complejo. El turismo representa el 20% de la facturación del comercio, de ahí que el ayuntamiento haya apostado por reactivarlo desde la sostenibilidad «social y ambiental», signifique lo que signifique.
Deseos. Venecia o Barcelona buscan así un imposible, el santo grial del turismo: disfrutar de sus ingresos, pero al mismo tiempo preservar el carácter auténtico y local de sus calles. En palabras de Laura Scarpa, presidenta de Venezia da Vivere, otra asociación pro-rehabilitación de Venecia:
¿Es posible? Lo mejor de ambos mundos. O dicho de otro modo: un tipo de turista muy específico, más educado. Más rico. Es la crítica que esbozan figuras como Paola Somma, urbanista, a raíz de los debates sobre el futuro de la ciudad. El turismo de «calidad» no es sino un eufemismo del turismo de élite, interesado en la Biennale, en las exposiciones de arte, en los espectáculos de baile, en la arquitectura y en el teatro. Millonarios y famosos en lugar de gente común, clases populares:
El turismo ha sido más devastador para la demografía veneciana que la peste. ¿Pero cuál es el plan a futuro, recuperar la Venecia que fue o sustituir una clase de visitante por otro, más acaudalado, menos estacional? Otras ciudades europeas, como Ámsterdam, apuestan sin tapujos por un turismo más específico y reducido. De calidad. O lo que es lo mismo, rico. Quizá sea la única forma de modular el turismo sin recurrir a tornos. De cuadrar un ansiado círculo, beneficios compatibles con preservar una ciudad para sus residentes, que Venecia y otras ciudades llevan años buscando. Y que quizá ahora puedan encontrar.
Imagen: Manuel Silvestri/AP
