Explicó que, si bien la Iglesia prohibió históricamente la cremación cuando se usaba para negar la fe en la resurrección, desde 1963 el Papa Paulo VI la autorizó por motivos prácticos o sanitarios.
«El problema no es cremar el cuerpo; el problema sería hacerlo diciendo ‘no creo en la vida eterna'», aclaró, remarcando que Dios puede resucitar igualmente a una persona que ha sido cremada.
Enfatizó la importancia de conservar las cenizas en un espacio sagrado como cementerios, parroquias o cinerarios.
Explicó que la Iglesia no recomienda mantenerlas en el hogar ni dispersarlas en la naturaleza (ríos o campos), ya que el duelo humano y espiritual necesita un lugar concreto para asumir la ausencia física.
Advirtió que la dispersión suele ligarse a ideas ajenas al cristianismo, como pensar que la persona «se disuelve en el universo». Por el contrario, la fe afirma que la persona sigue viva ante Dios.
El encuentro finalizó con las palabras de María Inés Sánchez, gerente del crematorio local.
Al concluir, destacó el significado del cinerario parroquial como un signo de esperanza y comunión comunitaria. Señaló que depositar allí las cenizas constituye un verdadero acto de fe y una obra de misericordia que asegura el recuerdo y la oración constante de toda la Iglesia por los difuntos.-
